À Paris

À Paris

On dit que les paroles s’envolent et qu’on n’apprend rien sans peine, c’est peut-être pour ça que, depuis mon arrivé à Paris, je rechigne à sortir mon stylo pour écrire des mots que, d’ailleurs, je sais qu’on va me demander. Des mots fleuris dans le Jardin des Tuileries, des mots rongés sur le bord de la Seine.

On a beaucoup écrit sur Paris : la ville de l’amour, des lumières ou de la Révolution ; des expressions justes mais insuffisantes pour quelqu’un qui a besoin de s’éloigner du bruit de Nôtre Dame et du Sacré Cœur afin de se perdre dans le silence de ses rues pleines de contrastes. Si New York est le mouvement et Londres la rébellion, Paris est la fierté ; la fierté d’une personnalité propre chargée de connotations. Le style des Blancs, la personnalité des Noirs et la force des Arabes résument parfaitement les qualités d’une ville où tous sont indispensables.

Je me souviens encore du moment où paris a gagné notre bras de fer et m’a obligé à écrire sur elle et où je me suis obligé à écrire sur cette ville : ce fut en écoutant la Marseillaise, probablement l’ hymne le plus puissant et le plus beau qu’un pays puisse brandir comme drapeau. On a beaucoup parlé de ses paroles sanglantes, son sang impur et son soulèvement d’armes, mais cet hymne écrit par un officier français lors de la guerre contre l’Autriche représente comme aucun autre la voix d’un peuple qui ne se lassera jamais de défendre ses idéaux : la liberté, l’égalité et la fraternité.

Une ville insolente qui a servi à boire aux grands artistes qui ont changé la France et le monde entier pour toujours.

Rendez-moi un service, ne me lisez pas si vous voulez connaître Paris. Lisez Molière, Baudelaire ou Victor Hugo. Ou encore mieux : allez admirer Delacroix, Matisse ou, pourquoi pas, Picasso. Mais faîtes-le toujours en écoutant le petit piaff pendant que vous vous souvenez du Paris tant de fois photographié par Cartier-Bresson ou Doisneau.

Permettez-moi de passer sur la pointe des pieds par son architecture. Le grand urbanisme imaginé par Haussmann cohabite désormais avec une architecture des plus modernes, du silence de la Bibliothèque Nationale de Perrault à l’audace de l’Institut du Monde Arabe de Nouvel.

Que la promenade architecturale et le maître Le Corbusier me pardonnent, mais dans la vie il vaut mieux ne pas parler du tout que parler vite et mal.

Que me pardonnent aussi le Louvre, la Tour Eiffel et la Cathédrale Nôtre Dame, l’Arc de Triomphe, les Champs Elysées et La Défense. Que me pardonnent les mousquetaires, les génies de Montmartre et les artistes de rue. Que me pardonne Paris tout entier pour avoir pensé qu’il était une ville, alors qu’il n’a toujours été qu’un art de vivre.

Ces mots sont et resteront mes salutations à Paris.

À Paris

Dicen que las palabras se las lleva el viento y que la letra con sangre entra, quizás sea por eso que lleve desde mi llegada a Paris renegando del bolígrafo y del papel para escribir unas palabras que, por otro lado, sabía que se me iban exigir. Unas palabras florecidas en los jardines de Tullerías y erosionadas en la orilla del Sena.

Mucho se ha escrito sobre Paris: la ciudad del amor, la ciudad de la luz o la ciudad de la revolución; expresiones apropiadas todas ellas pero insuficientes para alguien que necesita alejarse del ruido de Nôtre Dame y del Sagrado Corazón para perderse en el silencio de sus calles llenas de contrastes.

Si Nueva York es el movimiento y Londres es la rebeldía, Paris es el orgullo; el orgullo de una personalidad propia cargada de connotaciones. El estilo de los blancos, la personalidad de los negros y la fuerza de los árabes resumen como pocos las cualidades de una ciudad en la que todos son imprescindibles.

Recuerdo todavía el momento en que París me ganó el pulso y me obligó a escribir sobre ella; fue escuchando la ‘Marsellesa’, probablemente el himno más potente y bonito que un país pueda llevar por bandera. Mucho se ha hablado de lo sangrienta de su letra, su sangre impura y su alzamiento en armas, pero este himno escrito por un oficial francés durante la guerra contra Austria representa como pocos la voz de un pueblo que nunca dejará de defender sus ideales: la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Una ciudad irreverente que ha dado de beber a los grandes artistas que cambiaron Francia y el mundo entero para siempre.
Háganme un favor, no me lean si quieren conocer París, lean a Molière, Baudelaire o Victor Hugo; o mejor aún, vean a Delacroix, a Matisse, o por qué no, a Picasso. Pero háganlo siempre escuchando al pequeño gorrión mientras recuerdan el París tantas veces fotografiado por Cartier-Bresson y Doisneau.

Permítanme que pase de puntillas por su arquitectura. El gran urbanismo diseñado por Haussmann se encuentra ahora poblado de la arquitectura más contemporánea: desde el silencio de la Biblioteca Nacional de Perrault a la innovación del Instituto del Mundo Árabe de Nouvel.

Que me disculpen la ‘promenade architecture’ y el maestro Le Corbusier porque más vale no hablar en esta vida que hacerlo rápido y mal.

Que me disculpen también el Louvre, la Torre Eiffel y la Catedral de Notre Dame; el Arco del Triunfo, los Campos Elíseos y la Defensa; que me perdonen los mosqueteros, los genios de Montmartre y los artistas de la calle; que me disculpe París entera por pensar que era una ciudad cuando nunca dejó de ser una actitud.

Estas palabras son y serán mi recuerdo “à Paris”.

Traducción al francés: Malou Hascoet
Escrito original: Fernando S. Zaiter

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3 Respuestas a “À Paris

  1. enhorabuena zait, un artículo fantástico. El siguiente post fotillos tuyas de paris!

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