Annie Leibovitz

“Morir para volver a nacer”

Hace poco acabé de leer un libro que llevaba un año tirado al lado de mi cama en el cual se citaba este principio budista. En un principio entendí que podía tener dos sentidos distintos, la muerte del propio yo metafísico y de todos sus anhelos y deseos para dar lugar a unos nuevos principios en nuestra vida, o la propia muerte física que daría lugar a la reencarnación. Sin embargo, lo utilizo para empezar este artículo con un sentido diferente a los citados: la muerte de una persona y el nacimiento de otra distinta.


Alrededor de las 10:50 pm del 8 de diciembre de 1980, poco después de que Lennon y Ono volvieran al Dakota, el apartamento de Nueva York donde vivían, Mark David Chapman disparó contra Lennon por la espalda cinco veces en la entrada al edificio. A principios de la tarde, Lennon le había autografiado una copia del álbum Double Fantasy a Chapman. Fue llevado a la sala de emergencia del cercano Hospital Roosevelt y fue declarado muerto a su llegada a las 11:20 pm.

Quizás ahora os estéis planteando que relación guarda John Lennon con la fotografía o con el principio budhista que he citado en la entrada. En un principio no hay ninguna aparente excepto por el nombre que da título a esta entrada: Annie Leibovitz, la última persona que lo fotografió en vida y una de las fotografas de más renombre en nuestros días.


Conocí la figura de Annie Leibovitz hará
ahora un año, más o menos. El mundo de la fotografía siempre ha estado y estará bañado de historias y curiosidades que, como a muchos de los que ahora leéis esto, nos atraen, nos dan morbo y nos llevan a curiosear en la vida de otros. Así la conocí, de la misma manera que os he presentado esta entrada, por sus fotos de John Lennon, por esa portada de la Rolling Stone que pasó a la historia. Fue entonces cuando pensé, la muerte de una persona puede dar vida a otra; en cierto modo, Annie Leibovitz se ‘aprovechó’ de la muerte de Lennon para que su nombre diese la vuelta al mundo como el de esa fotógrafa que fue capaz de captar su cara más íntima antes de ser asesinado.

Hace un mes, preparando las actividades del club de fotografía me volví a encontrar con Annie; mi idea hacia ella no había cambiado, fue una de esas personas que se encuentran en el lugar exacto a la hora precisa, o eso pensaba yo…

No fue ese fatídico día de 1980 la primera vez que fotografiaba a la pareja; Annie, que ya había acompañado a los Rolling Stone en su gira por América en 1975, aprovechó la oportunidad de acompañar a Rolling Stone en una de las primeras entrevistas personales que el ex-beatle concedió. Fue aquí dónde empecé a cambiar la idea que tenía de Annie Leibovitz, una fotógrafa de la que mucho se ha escrito y de la que me limitaré a contar sus inicios.

Ella tiene muy claro donde ubicar sus comienzos en la fotografía; hija de un militar, tanto Annie como sus cinco hermanos se mudaron constantemente de casa y no necesitó más que la ventanilla del coche en el que solían viajar para empezar a ver la vida “through a lens”, a través de un objetivo, de un marco que encuadrase su vida.

Desde muy pequeña mostró el amor por el arte propio del viajante, de aquel que ve muchas cosas y todas ellas distintas, de aquel que tiene la necesidad de contar lo que ve y lo que siente. Empezó interesándose por la literatura y la música e ingresó en la Escuela de Arte de San Francisco en 1967, a los 18 años, siendo su más ferviente deseo convertirse en profesora de arte. Y no fue hasta la base aérea Clark, en Filipinas, durante la Guerra de Vietnam a la que su padre fue destinado, cuando empezó a tomar un contacto serio con la fotografía empezando a usar el cuarto oscuro de la base.

A su vuelta a los Estados Unidos en 1971, Leibovitz obtuvo la licenciatura en Bellas Artes en el Instituto de Arte de San Francisco y empezó a trabajar con el fotógrafo Ralph Gibson. Fue entonces cuando empezó su idilio con la entonces emergente revista, Rolling Stone. En ese periodo postuló para trabajar como fotógrafa autónoma en la citada revista. El editor, Jann Wenner, quedó impresionado con su portafolio y le permitió ser parte del personal de su publicación. Dos años más tarde, Leibovitz fue ascendida a fotógrafa jefe, cargo que mantuvo diez años y en el que realizó ciento cuarenta y dos portadas. Junto a Rolling Stone, también se convirtió en la fotógrafa estandarte de revistas como Vanity Fair o Vogue; su vida a partir de aquí, la de esta ‘leyenda vida’, como la nombró la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, es ya historia de la fotografía.

No voy a engañar a nadie, la forma de trabajar de Annie Leibovitz no es precisamente mi ideal de fotografía; ¿trabajar en un estudio rodeado de famosos? No gracias, ese no es mi estilo. Pero sería un irreverente si me negase a aceptar la calidad de su trabajo, la forma en que ella crea cada escena y sobretodo, la forma en que trata a la gente con que trabaja.

El retrato es, en mi opinión, uno de los trabajos más humanos que hay. Si algo he descubierto en el tiempo que llevo sacando fotografías es que la gente le tiene miedo a las cámaras, porque la gente tiene miedo a dar la imagen equivocada. Es esa y no otra la labor más dura del retratista y del fotógrafo en general, hacer aflorar la intimidad de la persona con quien trabajas; no importan sus defectos, todos los tenemos, lo único que importa es una mirada sincera que nos enseñe la fragilidad de cada persona, sus miedos, y sólo de esta manera mostramos a personas sin miedo a vivir, sin miedo a sus temores. Este es el principal logro de Annie Leibovitz y su imagen de un John Lennon desnudo abrazando a su mujer es el más claro ejemplo de ello.

“John amaba y rezaba por la raza humana.

Por favor, recen por lo mismo”    Yoko Ono

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